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La prevalencia de la técnica

Foto del escritor: Pablo SalinasPablo Salinas

Sobre la obra de Jorge Milosevic


Hasta el 2 de mayo


Desde hace cerca de 200 años la ciencia ocupa un lugar de privilegio en nuestra sociedad. Y la expresión más llana de la ciencia, sabemos, la tecnología, se ha terminado imponiendo en una suerte de escalada irrefrenable cubriendo todos los ámbitos de nuestra cotidianeidad, hasta nuestros días. El mundo gobernado por la ciencia ha generado (podríamos decir que sistemáticamente) oleadas de cuestionamientos, ajustes, aproximaciones críticas. Durante estos dos siglos, los ejemplos son, por cierto, innumerables. Dos se me vienen ahora encima: Wittgenstein llegando a la conclusión, hacia el final de sus días, que “ciencia e industria” serían lo más perdurable del mundo moderno, y Carlos Peña, hace algunos meses, consagrando una hora entera de pormenorizada charla a argumentar por qué importarían las humanidades, esto, claro está, ante el éxito palmario e incuestionable de la ciencia y la tecnología.

 

Si por un momento nos permitimos la licencia de abrir nuestras jaulas conceptuales y dejamos que los factores interactúen libremente, comprobamos que la tecnología, o lo que entenderíamos como pensamiento científico, se inmiscuye, aflora y participa por todas partes, y esa supuesta confrontación, ciencia y tecnología / artes y humanidades, es mucho menos dura, rígida y filosa de lo que tendemos a creer. Hoy celebramos –incluso algunos, no pocos, se rinden ante- la tecnología, como expresión máxima de nuestro ingenio, inteligencia, capacidad analítica y de observación. Miramos un tenedor, como una lámina metálica suavemente curvada con una serie de puntas alineadas en uno de sus extremos, como miramos un teléfono celular, como un sólido bloque de material reluciente, y tenemos, en rigor, dos ejemplos de lo mismo, artefactos singulares confeccionados gracias a esas distintivas cualidades –o simples rasgos- de nuestra especie.

 

La supremacía de la ciencia y la tecnología se produce, en cualquier caso, por el vector de la producción económica –“la industria” de Wittgenstein-, por lo que demostrar que lo tecnológico interviene –o gobierna- en todas y cada una de nuestras actividades humanas resultaría, por encima de todo, la explicación más simple de este incuestionable dominio.

 

En este marco, de verdadero frenesí tecnológico, de incesante avance y renovación, resulta particularmente rico poner el foco en aquellas tecnologías que han sabido resistir el paso del tiempo sin mayores trastornos, aquellas particulares técnicas de éxito inusitado que permanecen intocadas, sin corrección, por más que pasan los siglos y hoy se siguen empleando con vigor por todos lados, traspasando países, continentes, culturas. Una de esas tecnologías es, por cierto, la pintura al óleo. Y en Chile tenemos en Jorge Milosevic Díaz a uno de sus más fieles y notables exponentes.

 

Algún erudito nos dirá que partió con los afganos del siglo VII, pero todos coincidiremos que su auge, el de la técnica de la pintura al óleo, arranca con ese grupo de artistas afincados en algunas ciudades de Flandes que, durante las primeras décadas del siglo XV, la adoptan para la creación de sus obras, en desmedro de la témpera o el temple, dominantes hasta entonces. Son seis siglos ya de supremacía bastante nítida como procedimiento técnico en el arte, una marca nada menor, sin duda digna de estudio. Particular tecnología, que va desde la elaboración de colores mediante pigmentos en alianza con aceites, a su aplicación mediante herramientas –el pincel, la espátula o los mismos dedos- sobre distintos soportes debidamente tratados. Podemos percibir que, entonces, terminó imponiéndose por sus comparativamente superiores cualidades a la hora de representar con mayor verosimilitud los fenómenos visibles –tanto por su contundencia cromática, como por su generoso rango de posibilidades para el ejecutante-, pero que, sin embargo, cuando irrumpió una tecnología directamente orientada a resolver con máxima precisión ese objetivo –la fotografía-, se mantuvo plenamente vigente como vehículo de determinadas formas de expresión, formas, en el fondo, inalcanzables por cualquier otro medio.

 

¿Qué hay en esa técnica antigua que hoy, tras siglos, sigue fascinando a hombres y mujeres? Hace un siglo, siglo y medio, recibió el embate de la fotografía y luego del cine; irrumpieron también otros medios pictóricos, como la pintura acrílica, y más tarde, los dispositivos digitales propiciando una explosiva, desmesurada, generación y proliferación de imágenes. Hubo una diáspora, evidente; muchos optaron por estos otros caminos, el video, la imagen capturada por la máquina intervenida, la serigrafía, los colores sintéticos, o por el de, derechamente, apartarse lo más posible de la combinación pintura-pincel-soporte, ensanchando el registro, reubicando este ámbito de la expresión artística bajo un nuevo rótulo, las artes visuales.

 

Jorge Milosevic (1963) se forma como artista en una época –la década de 1980- en que, si bien los cuestionamientos a la pintura como medio de expresión no eran tan severos como a mediados del siglo, la supremacía de la pintura al óleo ya definitivamente no estaba. En la obra de Milosevic, en más de 40 años de trayectoria creativa, la supremacía de esta técnica se mantiene con una contundencia única. Jorge dibuja, apunta, esboza, diríamos que piensa con óleo. El artista practica esporádicamente otras técnicas –como las tintas, en la que se desenvuelve con eficacia-, pero es la pintura al óleo su medio, su verdadero hábitat. Su afinidad y fidelidad a esta técnica nos interpela. Atendiendo a su ejemplo, el que nos da su trabajo, percibimos que son muchos los artistas, de verbo vigoroso, que siguen dándole plena continuidad, de seis siglos, a esta técnica fundamental. No es su caso el del daguerrotipo, el clavicordio o el mismo temple, para las que la embestida del incontenible avance tecnológico significó un relegamiento a la órbita del virtual desuso, de la recreación anacrónica. Por el contrario, la pintura al óleo goza en la actualidad de una salud incuestionable. Sigue imponiéndose por su particularmente sólido y rico rango de recursos expresivos.

Hoy, Jorge Milosevic nos propone, nos invita a transitar “Recorridos”. Y, en nuestra lectura, en una primera estación donde conviene detenernos es, necesariamente, acá: ante esa riqueza de tesituras, ¿qué cuerdas elige Milosevic para pulsar? ¿Desde qué flanco particular se aproxima a esta técnica generosa, desde dónde la aborda, entra en ella? El suyo, a diferencia de la mayoría de sus contemporáneos, es el más esencial de los flancos, y el que también acarrea más riesgos, el del color. Para los antiguos –los flamencos, me refiero- la adopción de la técnica, junto con sus cualidades cromáticas, tuvo que ver con cualidades asociadas a la captura del fenómeno de lo visible, la verosimilitud. La fotografía ayudó en buena medida a desconectarse de este aspecto y los pintores europeos de la segunda mitad del siglo XIX nos dan una elocuente señal de aquello. Yo, por eso, siempre he tendido a emparentar a Milosevic con los Nabis, o con los españoles Regoyos o Mir, ese clase de pintores que, sacando provecho de las conquistas de sus predecesores directos, aumentan el desenfoque hacia la representación fidedigna para consagrar mayor atención e interés en la experimentación cromática pura. Artistas en cuyo verbo las formas se ablandan, se desajustan, el dibujo recula, haciéndose menos preciso. Artistas en cuyas obras la composición no la estructura, de hecho, la línea, sino el color.

 

Milosevic, de despliegue creativo con un pie en el cierre del siglo XX y otro en la partida del XXI, avanza por ese camino, en ese incansable intento por atrapar, quizá resolver, o al menos hacer su propio comentario estético en relación a la multitud de fenómenos visibles que lo rodean. Pero, a diferencia de la mayoría de los Nabis, por ejemplo, sus obras están despejadas de toda carga literaria o simbólica; sus obras, por el contrario, se entregan plenas a pronunciarse sobre cuestiones estrictamente estéticas, pictóricas. En el fondo, no en menor medida, con su fiel adhesión –diríamos, irreductible adhesión- a esa técnica antigua, Milosevic nos estaría demostrando, no solo la eventual vigencia de ésta como medio de expresión artística, sino algo mucho más singular: cómo ésta se mantiene como vehículo insustituible de ciertas verdades estéticas. En otras palabras, así como los artistas flamencos del 1400 abrazaron la pintura al óleo como el medio óptimo para plasmar sus verdades, Milosevic, en 2025, nos viene a demostrar cómo, en una época de máxima, aplastante, proliferación y generación de imágenes, la pintura al óleo se mantiene como el único medio para alcanzar determinados hitos estéticos y para propiciar una experiencia estética inalcanzable por ningún otro medio o procedimiento.

 

“Recorridos” contiene esa singularidad. El artista que opera como científico –aunque no lo sepa-, en su lectura constante, sistemática, del fenómeno de la luz, en su fluctuante diálogo con los objetos, en la regular -pero siempre sujeta a cambios y modificaciones- aplicación de una técnica; el artista que opera como antropólogo, en su infatigable observación de los flujos humanos, urbanos, de la diversidad de hábitos y fisonomías, o como botánico, en su penetrante mirada sobre los distintos cuerpos vegetales, sus procesos vitales, su inagotable despliegue cromático.

 

 

LA MADUREZ DE LA VISIÓN

 

La obra de Milosevic se entronca con la tradición de la pintura chilena (“Recorridos” es una evidencia potente en este sentido). ¿Es relevante esto? ¿De qué manera lo sería? Nuestro artista, en su aproximación predominantemente estética, retoma ciertos cauces por donde han fluido tránsitos de figuras referenciales de nuestra pintura. El paisaje, quizá en primer término, ámbito que, desde Antonio Smith, ha gozado de cierta predilección entre nuestros pintores. Pero, más allá de géneros o temáticas, es interesante constatar que Milosevic retoma la pauta esencial –retrato, figura humana, naturaleza muerta-, disciplinadamente, sin la menor pretensión por alterarla, más bien, por el contrario, con cierta natural y genuina disposición a someterse a ésta para el despliegue de su propia praxis pictórica.

Esta praxis se desenvuelve, como ya dijimos, libre de todo tinte ideológico o conceptual extrapictórico. De esta manera, recién ante el conjunto de la obra ya ejecutada, el artista cree reconocer ciertos vasos comunicantes y sugiere una propuesta de narrativa, orientada a su lectura en la exhibición pública. Surgen entonces las “reuniones”, que parten con la “inocencia”, la “luz”, se internan en los paisajes, urbanos y agrestes, habitados y deshabitados, las ferias, los mercados y sus personajes en tránsito, pasan a los “sueños”, el “agotamiento”, la “presencia de la oscuridad”, para concluir volviendo a un realce de la “luz” y un contrapunto final, entre “fantasía y realidad”.

 

Alberto Valenzuela Llanos -reconocido maestro dentro de esta tradición de pintura nacional antes señalada y con quien Milosevic se hermana en más de un aspecto-, en una carta escrita en París en 1922 le expresa con satisfacción a su esposa que ha podido comprobar que ha seguido “el camino del arte moderno”, que con poco podrá “quedar al día en materia de modernismo”. Cuestión que, tal como atravesaba a los artistas entonces, hoy –reemplazando “modernismo” por “posmodernismo” o “vanguardia”- sigue atravesando a los actuales. Acá, sin embargo, Milosevic se separa de su ilustre predecesor, como se separa, en rigor, del grueso de sus contemporáneos. En lo personal, de hecho, me cuesta detectar otro artista menos inquieto por entrar en sintonía con las corrientes que dominan la escena contemporánea, menos pendiente por saber si participa o no, o cuánto, en qué grado, participa de éstas. El suyo es un derrotero creativo que define y orienta su línea de acción bien tempranamente, sin sufrir mayores cambios –sí, por cierto, fluctuaciones estilísticas propias de la búsqueda- durante ya más de cuatro décadas. Esto nos habla, en forma inequívoca, de un artista de temprana madurez, que desarrolla una obra de forma sorprendentemente concentrada, y tan libre de cualquier asomo de artificio o impostura, que brilla con una luz fascinante, singular y única, la luz del arte destinado a perdurar.

 






 

 

 

 

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