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El pacto y otros poemas

Foto del escritor: Cristián LeonticCristián Leontic

El pacto

Mi padre menciona

una escena

común con los parroquianos:

hombres de lengua tosca,

lúgubres y pendencieros, y la Toña apoyada en el mostrador,

tomando cerveza.

Una canción folclórica en la radio.

Trajín. Algunos relinchos.

Cuánta mirada perdida, aunque

en las mesas

haya servilletas rojas y figuras de origami:

grullas, mariposas.

Hablan en voz baja, un idioma

áspero;

no los conmueve la flor de loto,

la tecnología, ni el plumaje del colibrí.

Como si supieran que el silencio

y lo oscuro tienen un pacto

donde la vida es una cláusula abusiva.


(de Toska, inédito)



El espejo de la abstinencia

Sacudido por esporádicos temblores

enciende la leña;

el fuego que abraza la palma y el dorso de sus manos

intenta apaciguar la tensión

de otro día difícil:

desde hace tres meses arranca del ruido

y no se atreve a mirar el cielo.

Con la camisa mojada, deja caer su espalda

sobre el sillón y

aprieta los puños.

Luego se levanta,

agitado,

le cuesta respirar,

y viendo que es una noche larga de viernes,

sin detenerse en la taberna de Leo,

tampoco en la de Samuel,

atraviesa el pueblo;

la brisa de nuevo lo empuja hacia atrás.

Pero, como todos los días nuevos y

limpios,

se queda en el estanque:

contempla mudo,

en el agua,

una inquieta coreografía de estrellas.


(de paseo para maratonistas, Buenos Aires Poetry, 2023)



Lo que me dijo el jardinero

Basta de poemas y mejor búscate un trabajo.

No los publiques.

No gastes papel, págate tus cosas.


Quítate esa carga, ese fulgor.

Si entiendes un poema tendrás problemas.


No es necesario.


Piénsalo bien:

cuando solo, en una noche despejada,

sin fuerzas después de un día atareado,

te instales en el jardín

a mirar el cielo

y en la estela fina de una estrella

que atraviesa el firmamento

ves ahí también el hilo reluciente

que deja el caracol entre dos hojas,

eso es poesía.


(de paseo para maratonistas, Buenos Aires Poetry, 2023)



En voz alta para que se escuche

Ella me dijo que debía ser agradable

no ser visto,

como el aire,

que debía ser hermoso percibir el mundo

a otra escala

y poder observar lo pequeño,

donde detalles que suelen escaparse

convierten la más mínima menudencia en

un milagro.

Me dijo que buscaba un coqueteo

con la felicidad,

que en su útero tenía todas las respuestas:

una página en blanco,

un nido donde todo pretende ser pájaro.

Me dijo que mejor es ser un esbozo,

mejor no conocerse tanto.

Me dijo que el silencio,

cuando se escucha bien,

es el cuello de un cisne.


(de Toska, inédito)



El baile de las estatuas

Algunos todavía esperan de él una

sorpresa.

Una irreverencia,

una locura, un escape.

Ansiosos, lo observan como

atalayas

colgados de las nubes y solo ven laderas de humo

en peregrinación

constante.

Es una lástima,

hasta ahora no han obtenido su recompensa.

Pero ellos lo saben:

ser piedra y viento al mismo tiempo

no es una posibilidad.

Él ya escogió ser lo que es:

una marioneta que baila al ritmo de las estatuas.


(de Toska, inédito)



Ítaca nos dio un bello viaje

La casona estaba vacía

y nos metimos por una ventana de atrás

y lo primero que hicimos fue acostarnos en esa cama inmensa

que parecía un potrero donde soñamos despiertos

que éramos los dueños de esos pastos,

mientras mirábamos unos cuadros que parecían erizos de mar.


Fue entonces que de volados se nos ocurrió

colgarnos de unas lámparas macizas y doradas,

y para agrandarnos la locura sacar unos botellones de la licorera

que eran como huracanes o tsunamis

o algo parecido a un pinchazo de lujo en las venas.


Y cuando salimos del cascarón,

prendidos como el sol,

llamamos a unas amigas del barrio nuestro al que tanto adoramos,

donde un perro muerto es un asado,

donde cortamos un pescuezo si es necesario.

La Nati, la Zury, Cloe la Mujer Araña y la estruendosa Rebeca.

Cumplieron las fiesteras: llegaron ligeras como el aire.

Nos besamos todos al voleo y se nos movió el piso

y el Rucio Restini hizo sonar su acordeón de botones

y después de bailar a lo gitano y meternos mano

como hacían los griegos y los romanos

y de revolcarnos hasta el delirio y el cansancio,

nos lanzamos todos de cabeza como cohetes

a esa piscina olímpica de aguas cristalinas

y profundas

que para nosotros era un acantilado;

sí, nos queríamos quedar a vivir allí.

Pero sólo porque amodorrados

por la opulencia y el trago

veíamos a las estrellas como focos de un cabaré

o como los faros de retorno a nuestro mundo.


(de Toska, inédito)



Finta

La pena suele permanecer como pólvora al acecho

hasta que encuentra el instante

y los ingredientes precisos para su detonación,

los sueños se convierten en polvo

y el polvo en lodo,

y todo lo que alguna vez fuiste o perseguías

parece la versión jibarizada de tus tejidos y huesos,

una burla del tiempo,

una broma cruel,

una parodia de mal gusto,

y te percibes recortado

como fumando sin ojos en una espesura de flores secas y púas.

Te puedes quedar,

pero se sale de allí bailando,

al aire libre, c

on hombres y mujeres sueltos,

niños,

barriles de cerveza

y alguien tocando el acordeón;

no hay otra manera.

Ojalá un río.


(de Toska, inédito)



Crónica final de los infieles

Ruidos petrificados. Aparcamientos y sembrados de desperdicios. Un fémur y un cráneo hueco sobre una carretera desolada, ligamentos tensos como alambres. Rascacielos y museos hechos harina de cemento y hormigón, esparcidos entre el estiércol en los campos. La antigua grandeza es un tumor que devora su propio tejido, como un uróboro enroscándose en su cola. Polvo del extravío. Las nubes se arrastran como pieles muertas. El viento sopla entre los árboles caídos una melodía circular, hecha de aserrín. La ambición por sobrevivir se pierde en un laberinto de espejos rotos, donde el ego se evapora en fragmentos atrapados en agua turbia. La fama es un olvido que se diluye en la monotonía de la repetición, solo persiste el zumbido apagado de lo que no encontró su cauce. Las promesas se retuercen, las palabras se pierden en la bruma del nuevo amanecer. Lúgubre y frío, el sol se oculta detrás de un velo de cenizas, como si ya supiera que nada de lo que queda tiene remedio. Cada segundo es un peso como una losa sobre la espalda y los minutos se convierten en una marcha fúnebre. Las caras descompuestas en los suelos son solo máscaras que esconden lo que nunca fue, incapaces de regresar a su forma original. Alrededor, el barro cubre los restos de animales mutilados mientras las sombras se alargan y mezclan como si nunca hubieran tenido forma. En esta procesión de fantasmas, la cima no es más que un espejismo y la pompa un cadáver embalsamado marchando hacia el abismo con pasos de plomo. El triunfo se disfraza de desolación, el alquitrán cubre todas las jinetas y trofeos. El ciclo se repite con precisión maquinal y lo que alguna vez fue deseo se convierte en un adoquín. En el horizonte una lluvia cae como un manto gris que borra todo vestigio, toda reminiscencia, dejando el aire denso como una capa de salitre. Los mares se levantan, tiemblan como medusas. Las piedras permanecen mudas. Las sandías ya no abren su risa como en los veranos. No es el silencio el más terrible testigo del final de esta comedia. Es el murmullo de los gritos y llantos que nunca encontraron oído.


(de Toska, inédito)



La suerte perra


Algunos nacen bajo una luz que no pidieron. Quizás patrocinados por una herradura, el ojo de Horus, un trébol de cuatro hojas o una pata de conejo. Están ahí, sin saber si quedarse o salir. Es como mirar el mar, que se lo traga todo, y no saber si estás viendo una salida o un agujero que te devora. Y te quedas, nadando, igual que los demás. Algunos se hunden intentando salir a flote, otros, incluso ejemplares peores, pero con la fortuna de su lado, se agarran a una boya o a un barco que el azar les pone cerca, como si el viento, en su capricho, hubiera soplado solo para ellos. Dicen que el agua no alcanza para todos. Pero siguen pataleando, aferrados a lo que pueden, mientras otros flotan como globos olvidados en un parque, llevados por corrientes que no entienden. Tal vez no es suerte; tal vez es saber cuándo soltar el peso o cuándo remar con fuerza, aunque el remo esté roto. O tal vez la suerte sea subirse a un techo copiado de Miguel Ángel y lanzarse al vacío, creyendo que el aire hará el resto. Pero el azar no siempre responde. Los cuerpos vuelan por los pasillos de la capilla, entre lámparas caídas y gritos, perseguidos por el caos y sus perros rabiosos. Algunos logran agarrarse a lo que pueden: los bancos, las columnas, las mismas imágenes del techo. Los desdichados luchan, sacudiéndose el infortunio, pero caen de bruces al suelo o son mordidos por la jauría. Otros, como el gato que siempre encuentra el sillón más cómodo, se sueltan. Y entonces el agua que decían escasa, empieza a sobrar. Cómo que no. Apuesto un full de ases.


(de Toska, inédito)



Paseo para maratonistas


Nadie se ha muerto porque el cielo

le caiga encima.


Sin miedo, entonces, pon tus ojos en

un telescopio

y zambúllete en esa inmensidad.


Dejarás, en parte, de estar en un cuerpo,

de pertenecer a este

lugar.


Existirás en un espacio distinto,

sin peso, gobernado por el silencio,

donde la vida humana no tiene significado.


Comprenderás que todo lo cercano

está demasiado lejos a la vez,

pero en una zona anterior a la sangre,

en la que habitan otras preguntas.


No te distraigas,

sumérgete,

bucea y retiene todo lo que percibas,

todo lo que veas,

en ese banquete celestial.


Captarás que esa tumba y espejo

que todavía se burla y expande

tiene otra melodía,

otra cadencia.


Perplejo, si haces caso,

probablemente salgas a caminar.


(de paseo para maratonistas, Buenos Aires Poetry, 2023)



Talismán


No me basta con el pacto

y nuestras lenguas:


por seguridad

plantaría un trébol de cuatro hojas

en la bodega de tu cráneo.


(de Toska, inédito)



Augenblick


Quedarse o salir.

Cargar un bulto o plantar una lavanda.


Una luz pública, o la distancia de las estrellas.

Cada cual con lo suyo.


A fin de cuentas,

estamos hechos de partículas,

somos chispazos,

todos igual de pequeños.

Algo así como un guiño de ojo.


En ese guiño lloramos y reímos y nos

ahogamos.

Algunos enceguecidos al sol,

otros petrificados en el invierno de la

desgracia.


Mientras suena el estribillo a lo lejos:


Los que comen carne de fugu

son idiotas,

y los que no la comen,

también son idiotas.


(de Toska, inédito)


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