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Un dios terrible que nace de nosotros

Foto del escritor: Joaquín VázquezJoaquín Vázquez
La extracción de la piedra de la locura. Hyeronimus Bosch -El Bosco
La extracción de la piedra de la locura. Hyeronimus Bosch -El Bosco

En el ensayo La extracción de la piedra de la locura, el escritor Benjamín Labatut hace una lectura inusual de la actualidad e intenta mostrar qué tipo de orden de mundo está emergiendo en nuestra época. Algo parecido sucede en Un verdor terrible, pero lo particular de este ensayo es que para describir la dislocación alucinatoria en la que empezamos a vivir desde comienzo del siglo XX, cuya velocidad se aceleró exponencialmente en lo que va del XXI, toma como punto de partida el conocidísimo libro de Lovecraft, El llamado de Cthulhu, y lo lee en una clave jungiana que recuerda a Respuesta a Job y a Wotan.

 

En el libro de Lovecraft, un antiquísimo ser antediluviano, mezcla de dios y monstruo, irrepresentable para las categorías con las que los humanos clasifican el mundo conocido, empieza a emerger de un letargo milenario y los efectos de su despertar transforman radicalmente el orden precario que los siglos de razón científico-técnica le imponen a la realidad.

 

Borges, de quien Labatut es admirador, hace algo similar en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, que es, básicamente, una reescritura de Lovecraft. Aunque allí los primeros indicios de esa otra dimensión que empieza a manifestarse en la tranquila y conocida realidad que habitan los personajes se encuentran, no casualmente, en una enciclopedia.

 

Ambos relatos introducen la sospecha de que el mundo, que durante tanto tiempo nos esmeramos en conocer, ya no se revela como cognoscible; que incluso los medios con los que hemos pretendido conocerlo se muestran impotentes para calmar nuestro espanto ante lo que estamos viendo: escamas brillantes del tamaño de cerros que crecen en el horizonte, partículas de la piel de una nueva época que parece estar a punto de enterrarnos.

 

A esta novedad sin nombre, nacida en el seno mismo de la racionalidad ilustrada, en el corazón mismo de la facultad con la que los modernos encumbraron lo humano, Labatut la circunvala, en Un verdor terrible, desde la vida de eminentes científicos que alcanzan, por el cultivo obsesivo de su disciplina, intuiciones extrarracionales, irrepresentables, que descalabran los principios fundantes de la lógica y los criterios claros y distintos de lo que puede conocerse e incluso decirse con sentido.

 

El talento hagiográfico del chileno es notable en ese libro, pero más notable es el esfuerzo que realiza para hacernos ver en La extracción de la piedra de la locura, a quienes no estamos formados en ciencias exactas, el terror cognitivo que emana desde el corpus de saberes científicos del último siglo: vacío, caos, locura. No se trata sólo de cómo el cuento de Lovecraft, sumado a la ciencia ficción esquizo/paranoide de Phillip Dick, habilita una vía de comprensión de lo que estamos viviendo, sino, sobre todo, del carácter absolutamente singular de las nuevas oleadas de irracionalismo, para las que no parecemos estar preparados.

 

En este panorama, la época que atravesamos parece no solo estar destituyendo la episteme moderna, sino también la posibilidad de la existencia de lo humano: una especie de cuarto golpe al narcisismo, un puñetazo de knock out que venía escondido en nuestro propio guante. Estas fuerzas desatadas se manifiestan, para Labatut, en el contagio psíquico entre individuos de todas las regiones del mundo, contagio que reacciona contra toda pretensión de conocimiento cierto, un coro de fake news, terraplanismo y doxologías de toda laya, soberbias en su condición anti ilustrada y, aunque no lo queramos, instaladas en un lugar que empieza a ser hegemónico por el uso político y empresarial que se les ha dado.

 

Foucault, en su análisis sobre el texto de Kant ¿Qué es la Ilustración?, sostiene que la modernidad es la primera época que se pregunta por el valor y el estatuto del presente; es decir, la modernidad es una época que busca la autoconciencia, el autoesclarecimiento, quizás bajo el supuesto, un tanto engreído, de contener en sí misma la totalidad de lo ocurrido, la sumatoria de todos los conocimientos anteriores, la compilación enciclopédica y la certeza de ser el último efecto de la cadena de causas que se remonta hasta un tiempo anterior  e irrecuperable.

 

Sin embargo, las últimas luminarias, los últimos focos LED del pensamiento moderno, en sus derivas post, parecieran ser, paradójicamente, el suelo sobre el que se afinca el relativismo anti ilustrado, la garantía que legitima el carácter inconmensurable entre ficciones de cualquier tipo. Nada hay fuera del texto ficcional: el horror viene desde adentro.

 

La muerte de los metarrelatos es el agujero negro que absorbe no los relatos, sino las jerarquías entre ficciones. Algo operó desde el viejo centro de legitimidad epistémica para borrar los antiguos valores, entre los que estaba incluido el conocimiento racional. Tanto jugamos con el fuego sagrado, tanto cargamos las tintas de la luz, que ahora ardemos en la hoguera; tanto citamos a las bandas tributo de Nietzsche y sus reidores de cotillón, que entramos (aplausos, por favor) en el irracionalismo empoderado de las masas algoritmizadas.

 

Si Richard Tarnas tiene razón, y la paradoja irresoluble de la modernidad consiste en la coexistencia, en la simultaneidad, de la tendencia ilustrada y la romántica, el irracionalismo exacerbado del que habla Labatut debe ser pensado como un nuevo embate del oscurantismo romántico reprimido. Dice Jung: “El enciclopedismo que desdivinizó a la naturaleza y a las instituciones humanas, ha pasado por alto el dios del terror que vive en el alma”.

 

Asistimos a un nuevo episodio de la función trascendente en el que la energética psíquica colectiva ha regresionado, por un lado, hacia patrones premodernos de vínculos con los otros y el mundo, mientras que, por otro lado, se le ha delegado a la técnica, emancipada de lo humano, la tarea de pensar y diseñar un mundo futuro bajo los parámetros racionalistas del humanismo.

 

Como buenos modernos, seguimos interesados por comprender el tiempo presente, por autoesclarecernos, sólo que esta vez extrovertimos la racionalidad en una autoridad técnico-cibernética externa a nosotros (todas las formas de la IA), al tiempo que mutilamos la facultad racional individual, la cedemos, sabiéndonos más débiles e incapaces de cualquier cosa que las últimas construcciones algorítmicas.

 

¿Qué son, por ponerlo en términos kantianos, la indiferencia ante la degradación programada del ambiente y la vida de los pueblos, la tutela de los dispositivos inteligentes a la que nos sometemos diariamente, la recaída en la minoría de edad con la que individuos crueles, insensibles, incapaces de construir enunciados con sentido, logran hacerse con el voto de millones de personas diciéndoles explícitamente que las van a hambrear y les van a quitar derechos, sino manifestaciones evidentes de un nuevo episodio de locura generalizada?

 

Dice Labatut: “Esos oscuros mensajeros que provienen de la parte más honda de nuestro inconsciente, esas voces distorsionadas que podemos oír chillando a nuestro alrededor… ¿son sirenas que nos llaman hacia el naufragio de la muerte?¿Son solo idiotas llenos de ruido y furia, contando historias que no significan nada?¿O acaso son los primeros heraldos de una nueva forma de conciencia, absurda y desprovista de sentido, que puede mirar más allá de la lógica, y de la cual quizás recibamos un mensaje que no hemos querido escuchar hasta ahora?”.

 

A esta altura, podemos estar seguros, esta numinosidad arrasadora no puede ser otra cosa que la potencia arquetípica cifrándose en un nuevo símbolo, que todavía no logramos captar para poder reconducirnos del caos al cosmos. Como en Respuesta a Job, donde Jung lee –en la relación entre el dios veterotestamentario y Job– el relato humano de los progresos de la conciencia moral divina, Labatut encuentra, en los últimos avances de la ciencia, la progresión de un nuevo sentido epocal que, como un dios terrible, nace de nosotros pero nos pone en jaque.

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